
El color de una estrella puede revelar su temperatura, pero no siempre coincide con lo que perciben nuestros ojos. Las enanas blancas, restos extremadamente densos de estrellas que agotaron su combustible nuclear, permiten estudiar una curiosidad astronómica: por qué algunos objetos estelares pueden mostrar tonalidades que parecen contradecir lo que sabemos sobre la luz.
Aunque su nombre sugiere que todas son blancas, estas estrellas pueden presentar apariencias diferentes. Algunas se observan azuladas, otras amarillentas o rojizas. También existen circunstancias en las que una imagen astronómica puede mostrar tonalidades verdes o rosadas, sin que eso signifique necesariamente que la estrella emita luz de ese color de forma predominante.
La explicación obliga a distinguir tres cosas: la luz que produce el objeto, los cambios que experimenta antes de llegar a nosotros y la manera en que los instrumentos científicos la convierten en una imagen.
El verdadero significado del color de una estrella
Las estrellas emiten radiación en diferentes longitudes de onda. Su temperatura superficial influye en la distribución de esa energía y, por tanto, en el color que podemos percibir.
Las estrellas más calientes suelen verse azuladas o blancoazuladas, mientras que las más frías presentan tonalidades anaranjadas o rojizas. Nuestro Sol, por ejemplo, emite luz en una amplia parte del espectro visible y se percibe aproximadamente blanco cuando se observa desde el espacio.
Pero hay una particularidad. Aunque una estrella puede emitir una cantidad considerable de luz en las longitudes de onda correspondientes al verde, eso no implica que nuestros ojos la vean verde. La mezcla de radiación que llega simultáneamente a los receptores visuales produce una percepción cercana al blanco.
Las enanas blancas añaden otro elemento a esta explicación. Sus atmósferas, compuestas principalmente por hidrógeno o helio en muchos casos, modifican la distribución de la luz que emerge de ellas. Los astrónomos estudian esas señales mediante espectroscopía para determinar su temperatura, composición química y otras propiedades físicas.
¿De dónde salen entonces los tonos verdes y rosados?
Una fotografía astronómica no siempre reproduce exactamente lo que vería una persona desde una nave espacial. Muchos telescopios capturan imágenes mediante filtros que aíslan determinadas longitudes de onda. Posteriormente, los científicos combinan esos registros y les asignan colores para representar información que, en ocasiones, nuestros ojos ni siquiera pueden detectar.
También intervienen el procesamiento digital, la sensibilidad de los sensores y las características de la atmósfera terrestre cuando las observaciones se realizan desde el suelo.
Por eso, encontrar una estrella rosada o verdosa en una imagen no basta para afirmar que ese sea su color físico. Es necesario conocer cómo se obtuvo la observación y qué longitudes de onda representa.
Esta diferencia resulta fundamental para interpretar los descubrimientos astronómicos. El color no es únicamente una característica estética del universo: permite estudiar la evolución de las estrellas y reconstruir procesos que ocurrieron durante millones o miles de millones de años.
En el caso de las enanas blancas, analizar su luz también ayuda a comprender cómo se enfrían después de terminar su evolución como estrellas convencionales. Sus colores y espectros aportan información sobre objetos que ya no producen energía mediante la fusión nuclear sostenida en su núcleo.
El estudio publicado el 15 de octubre de 2026 en RAS Techniques and Instruments, dirigido por Mark A. Hollands, de la Universidad de Warwick, permite precisar el hallazgo: los colores verde y rosado no son simplemente efectos de las fotografías, sino tonalidades que algunas enanas blancas podrían presentar ante el ojo humano debido a su composición química.
En particular, WD J1330+6435 podría verse verde por la absorción de determinadas longitudes de onda causada por el sodio de su atmósfera. WD J1011+2845 podría presentar una tonalidad rosa salmón debido al carbono. Los colores se calcularon a partir de espectros y modelos, no mediante fotografías cercanas de sus superficies.



