
Un equipo internacional de científicos ha reconstruido la historia evolutiva de un exoplaneta inusual que desafía las categorías tradicionales. Se trata de L 98-59 d, un mundo rocoso con baja densidad cuya composición y comportamiento no encajan del todo con los modelos conocidos de “supertierras” o “subneptunos”.
El estudio, publicado en Nature Astronomy, propone que este planeta no es ni un gigante gaseoso reducido ni un mundo dominado por agua. En cambio, su evolución estaría marcada por una combinación de procesos internos y atmosféricos que han mantenido activos sus componentes volátiles durante miles de millones de años.
L 98-59 d tiene una densidad menor de lo esperado para un planeta rocoso. Con una masa cercana a 1,6 veces la de la Tierra y un radio ligeramente superior, los datos indican que no puede estar compuesto solo de roca y hierro. Las observaciones recientes, incluidas las del telescopio James Webb, sugieren la presencia de una atmósfera rica en compuestos de azufre como el dióxido de azufre (SO₂).
A partir de simulaciones que integran la evolución del interior del planeta y su atmósfera, los investigadores concluyen que el planeta debió formarse con una cantidad significativa de elementos volátiles, como hidrógeno y azufre. Estos compuestos no se habrían perdido por completo, sino que permanecen en gran parte almacenados en un océano de magma que aún persiste bajo su superficie.
Un planeta con océano de magma permanente
El modelo plantea que L 98-59 d conserva un océano de magma activo desde su formación. Este rasgo permite que los gases se liberen de forma gradual hacia la atmósfera, en un proceso sostenido durante miles de millones de años.
A diferencia de otros planetas que se enfrían y solidifican relativamente rápido, este mundo mantiene una fracción significativa de su interior fundido. Según los cálculos, cerca del 45 % del manto seguiría en estado líquido en la actualidad.
Ese océano de magma actúa como un regulador. Parte de los gases queda disuelta en el interior, mientras otra parte se libera hacia la atmósfera. Al mismo tiempo, la radiación de su estrella provoca la pérdida gradual de estos compuestos, lo que genera un equilibrio dinámico entre escape y reposición.
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El estudio también apunta a que el dióxido de azufre detectado no proviene directamente del interior, sino que se forma en la atmósfera mediante reacciones fotoquímicas. Este proceso implica la interacción de la luz estelar con otros compuestos, como el sulfuro de hidrógeno y el vapor de agua.
Otro aspecto relevante es la contracción del planeta a lo largo del tiempo. En sus primeras etapas, L 98-59 d pudo haber tenido un tamaño mayor, similar al de un subneptuno. Con el paso de los millones de años, la pérdida de gases y el enfriamiento interno redujeron su radio hasta ubicarlo en la categoría de supertierra.
Este hallazgo sugiere que algunos planetas observados hoy podrían encontrarse en una fase intermedia de evolución. Es decir, no siempre pertenecen de forma definitiva a una categoría, sino que pueden cambiar con el tiempo.
El caso de L 98-59 d aporta nuevas pistas sobre la diversidad de mundos fuera del sistema solar. También abre la puerta a repensar cómo se forman y evolucionan los planetas pequeños, especialmente aquellos que no tienen equivalentes cercanos en nuestro entorno.



