
Teleprónter conversó con Isabel Roch, trombonista francesa de la orquesta de Yuri Buenaventura, durante su paso por Salsa al Parque en Bogotá. Desde su acento parisino hasta su fuerza tropical en el escenario, Roch habla con serenidad sobre una vida marcada por la música, los viajes y la mezcla de culturas que la salsa le ha regalado.
Nacida en Francia, Isabel Roch descubrió la salsa lejos del Caribe. Fue en París, a principios de los noventa, cuando la ciudad se convirtió en un punto de encuentro para músicos latinos que llevaban en sus maletas ritmos, nostalgia y una energía que pronto contagió a los europeos. “Esa fue mi primera escuela”, recuerda. “Tocaba de jueves a domingo. Había muchos sitios y un nivel muy bueno. Fue una época tremenda”.
Entre esos escenarios conoció a Yuri Buenaventura, entonces un joven músico colombiano que se abría paso entre bongós, coros y sueños. Años después, ambos se reencontrarían en otros escenarios, ya con carreras consolidadas y una amistad que creció al compás del trombón y la clave.
“Me encanta tocar con Yuri”, dice Roch. “Su banda es poderosa y siempre hay magia. En Salsa al Parque fue muy emotivo, la gente en Bogotá es increíble. El público colombiano siente la salsa de una manera muy especial”.
Aunque su historia comienza en Francia, el verdadero pulso de su vida musical se formó en Venezuela, donde vivió quince años. Allí, entre calles de Caracas, descubrió otra dimensión del ritmo. “Soy muy venezolana”, afirma. “Mis hijos nacieron allá y mi corazón se quedó en Venezuela. Allá la música está en la calle, en las esquinas, sin sonido ni tarima. Eso te enseña a sentir. Es una escuela distinta”.
Isabel aprendió a improvisar entre rumberos, sin miedo. “En Venezuela me lanzaban a hacer solos y yo decía que no sabía”, cuenta entre risas. “Pero me decían: dale, malandra. Así me decían, la malandra. Ahí aprendí que el solo nace del sentimiento, no de la técnica”.
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Esa conexión emocional guía su forma de tocar. No se preocupa por la tonalidad ni por las reglas. “Yo cierro los ojos y dejo que salga. No pienso qué nota voy a hacer. Si no siento la música, no me sale nada. Cuando la siento, simplemente fluye. Es como si no fuera yo”.
Para Roch, el trombón es un instrumento noble. “No busca impresionar”, explica. “Tiene un sonido cálido, una fuerza especial. No se trata de tocar rápido, sino de contar algo. El trombón canta, respira. Es sencillo, pero tiene alma”.
Su estilo está marcado también por la influencia africana. Antes de dedicarse a la salsa, tocó con músicos africanos y árabes en bandas marciales y grupos de percusión. “Ellos cantan con el tambor”, recuerda. “Aprendí que si un tambor puede cantar, un trombón también puede hacerlo. Es otro concepto de la música: más espiritual, más físico”.
Esa mezcla de culturas —francesa, africana, venezolana y caribeña— define su identidad. Y aunque hoy vive en Cali, dice que su mapa está hecho de sonidos. “Busqué el calor”, confiesa. “Después de tantos años en Caracas, no podía con el frío. Cali me recuerda a Venezuela. Aquí me siento en casa”.
Además de tocar con Yuri Buenaventura, Isabel tiene su propia agrupación, un sexteto que combina salsa con libertad improvisada y letras en francés. “Quería reconciliarme con mi cultura”, dice. “Grabé temas como La vie en rose en versión salsa. Fue una forma de unir mis raíces con lo que soy ahora”.
Roch habla sin poses ni discursos. Su relato fluye como su trombón: sincero, melódico y sin fronteras. Para ella, la música no es solo técnica ni espectáculo; es una forma de vivir. “La salsa me dio una familia”, dice. “Me enseñó a ser libre, a escuchar, a compartir. Cada nota que toco es una conversación”.
Cuando el sonido metálico de su trombón resuena junto a la voz de Yuri Buenaventura, parece que el mapa de su vida se dibujara en el aire. De París a Caracas, de Bogotá a Cali, Isabel Roch demuestra que la salsa, más que un género, es un idioma universal que habla desde el alma.




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