
Una probabilidad superior al 95 % de que el fenómeno de El Niño siga fortaleciéndose durante el segundo semestre de 2026 y se extienda hasta el primer trimestre de 2027 mantiene la vigilancia sobre Colombia. La señal no comenzó en las ciudades ni en los embalses: apareció primero en el océano Pacífico, donde satélites, boyas y sensores registraron cambios en las condiciones del mar.
El monitoreo climático permite convertir esos registros en mapas que muestran dónde podrían concentrarse algunos efectos. La información reúne variables oceánicas, atmosféricas y territoriales para seguir la evolución del fenómeno y estimar sus posibles consecuencias sobre las lluvias, el agua, la agricultura y los incendios forestales.
De acuerdo con el documento de Esri Colombia, las condiciones tipo El Niño ya están presentes y los modelos internacionales apuntan a un episodio que podría alcanzar una intensidad fuerte. Las proyecciones señalan posibles impactos sobre diferentes regiones del país hasta comienzos de 2027.

La tecnología detrás de estas alertas parte de datos obtenidos mediante sistemas de observación internacional. La NOAA, por ejemplo, utiliza satélites, boyas y sensores distribuidos en el Pacífico. Esos registros pasan después por plataformas capaces de procesar grandes volúmenes de información y transformarlos en capas geográficas que pueden consultar entidades públicas, institutos meteorológicos y organismos de gestión del riesgo.
Una de las herramientas utilizadas para visualizar estos datos es ArcGIS, que puede integrar información científica con variables del territorio. Su utilidad está en representar tendencias, elaborar mapas y construir tableros de monitoreo para seguir los cambios climáticos y sus posibles efectos sobre Colombia.
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Los mapas incluidos en el material muestran cómo cambia la lectura según la variable observada. Uno representa la probabilidad de precipitación, mientras otro permite visualizar la temperatura en grados Celsius. La comparación muestra que el seguimiento de El Niño no depende de un solo indicador, sino de varias capas de información analizadas de manera conjunta.
En Colombia, esos datos pueden utilizarse para anticipar problemas relacionados con la disponibilidad de agua. Los análisis geográficos permiten detectar anomalías térmicas en el océano y proyectar posibles impactos regionales. Con esa información, autoridades y sectores estratégicos pueden preparar medidas frente a incendios, estrés hídrico y eventuales descensos en los niveles de los embalses.
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La preocupación también alcanza a la economía. El documento cita un estudio del Departamento Nacional de Planeación que estima impactos equivalentes a cerca del 0,7 % del PIB cuando se consideran afectaciones sobre el recurso hídrico, la energía y los ecosistemas. Además, una estimación del Banco Interamericano de Desarrollo señala que un episodio climático extremo podría restar hasta 0,9 puntos porcentuales al crecimiento anual de la economía colombiana.
La menor disponibilidad de agua puede presionar la generación eléctrica y la producción de alimentos. Por eso, el valor de estas herramientas no está únicamente en mostrar un mapa, sino en conectar datos climáticos y territoriales para apoyar decisiones antes de que los efectos lleguen con mayor intensidad a las comunidades.
Para Colombia, el reto será mantener actualizada esa información y lograr que los datos lleguen a quienes deben actuar. La anticipación puede ayudar a reducir riesgos, pero depende de que las alertas se conviertan a tiempo en medidas de prevención.



