
Un sismo de magnitud 6,7 se registró este jueves 20 de agosto en Perú, con epicentro localizado cerca de Upahuacho, en la región de Ayacucho, según los datos atribuidos al Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS). El movimiento ocurrió a las 13:00:15, hora local, y tuvo una profundidad de 67 kilómetros.
El evento fue ubicado en las coordenadas 14,63 grados de latitud sur y 73,62 grados de longitud oeste. La información disponible identifica el registro con el código USGS2026nsrvnu y señala que la localización fue determinada mediante revisión manual.

La profundidad es uno de los datos que permite entender por qué un terremoto de esta magnitud no necesariamente produce los mismos efectos que otro de igual intensidad ocurrido cerca de la superficie. La energía liberada por un sismo profundo puede propagarse a grandes distancias, aunque sus efectos locales dependen también de la distancia al epicentro, las condiciones del suelo y la calidad de las construcciones.
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Perú registra una actividad sísmica permanente debido principalmente al movimiento de las placas de Nasca y Sudamericana. La primera se desplaza por debajo de la segunda mediante un proceso conocido como subducción, que acumula tensión y libera energía en forma de terremotos.
El Instituto Geofísico del Perú (IGP) explica que esta interacción tectónica también ha contribuido durante millones de años a la deformación de la corteza terrestre y a la formación de los Andes. A ello se suma la actividad de numerosas fallas geológicas distribuidas por distintas regiones del país.
Entre ellas aparecen sistemas como Tambomachay, en Cusco; Huambo-Cabanaconde e Ichupampa, en Arequipa; Huaytapallana y Altos del Mantaro, en Junín; además de Moyobamba-Rioja, Quiches y Cordillera Blanca, entre otras.
La ocurrencia de un sismo de magnitud 6,7 vuelve a poner la atención sobre un problema que no depende únicamente de la frecuencia de estos movimientos. El riesgo también está relacionado con la capacidad de las edificaciones para soportar las sacudidas y con el nivel de preparación de la población.
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El IGP ha advertido, además, contra una idea extendida: que los terremotos pequeños sirven para liberar la energía acumulada y evitar un evento mayor. La institución sostiene que esa relación no permite predecir ni descartar la ocurrencia de futuros terremotos.
Por esa razón, las recomendaciones se concentran en medidas que sí pueden reducir las consecuencias. Conocer las características del terreno, respetar las normas de construcción, utilizar materiales adecuados y contar con planes familiares de emergencia forman parte de la preparación.
El monitoreo permanente de la actividad sísmica permite registrar estos movimientos y estudiar cómo se comporta la corteza terrestre. Pero la información científica no elimina el peligro. En un país situado sobre una de las zonas tectónicamente más activas del planeta, la reducción del riesgo depende también de cómo se construyen las ciudades y de qué tan preparada está la población para responder.



