
Sentarse durante dos horas a ver una película sin revisar el celular parece una tarea cada vez más difícil. Mientras una historia desarrolla sus personajes, en TikTok, Instagram Reels o YouTube Shorts podemos encontrar decenas de videos que ofrecen entretenimiento inmediato. ¿Está cambiando nuestra capacidad de concentración o simplemente preferimos consumir historias más cortas?
La respuesta comienza a aparecer en las investigaciones científicas. Un metaanálisis publicado en 2025 en la revista Psychological Bulletin reunió 71 estudios con 98.299 participantes y encontró una asociación entre el mayor consumo de videos cortos y un peor desempeño en funciones cognitivas, especialmente la atención y el control de impulsos.
El trabajo, liderado por Lan Nguyen, de la Universidad Griffith, en Australia, identificó una correlación de −0,38 entre consumo de videos cortos y atención, y de −0,41 con control inhibitorio. Los resultados aparecieron tanto en jóvenes como en adultos.
Sin embargo, existe una diferencia importante: los investigadores no demostraron que TikTok cause directamente una pérdida de concentración. Los datos muestran asociaciones, pero todavía falta establecer si estos hábitos producen dificultades de atención o si las personas con mayores dificultades tienden a consumir más videos cortos.
Los jóvenes dedican menos tiempo a películas y series
El cambio también se refleja en las preferencias de entretenimiento. El informe Digital Media Trends 2025, elaborado por Deloitte a partir de una encuesta a 3.595 consumidores estadounidenses, encontró que el 56 % de la generación Z considera más relevante el contenido de redes sociales que las películas y series tradicionales.
Además, los jóvenes encuestados dedican un 26 % menos de tiempo a películas y televisión que el consumidor promedio, aproximadamente 44 minutos menos al día. En contraste, pasan cerca de 50 minutos adicionales en redes sociales y contenidos creados por usuarios.
La transformación no afecta únicamente a los más jóvenes. Entre los millennials, el 43 % considera más relevante el contenido de redes sociales, frente al 26 % de la generación X y el 13 % de los baby boomers.
Pero hay un dato que cuestiona la idea de que las películas estén perdiendo definitivamente a su público: el 56 % de los consumidores jóvenes encuestados afirma que ve películas o series en plataformas de streaming después de conocerlas a través de creadores digitales.
Las redes sociales, por tanto, no solo compiten con el cine. También se han convertido en una herramienta para descubrir qué ver.
¿El problema es la duración o cambiar constantemente de video?
Una investigación de la Universidad de Bristol, publicada en 2025 en la revista Memory, encontró otra pista.
Los investigadores Nicholas Barton y Michael Smyth realizaron un experimento con 45 participantes, divididos en grupos con diferentes posibilidades de cambiar entre videos cortos.
Quienes podían pasar de un video a otro sin restricciones mostraron un deterioro significativo en una prueba de memoria prospectiva, relacionada con recordar acciones que debemos realizar posteriormente.
En cambio, el grupo con cambios limitados entre videos presentó una mejora en esa misma evaluación.
El resultado sugiere que el problema podría no estar únicamente en consumir contenidos breves, sino también en la frecuencia con la que interrumpimos una actividad para comenzar otra.
No obstante, el experimento evaluó efectos inmediatos sobre una tarea de memoria. No permite concluir que las plataformas provoquen daños permanentes ni que sus usuarios sean incapaces de terminar una película.
¿Estamos perdiendo la paciencia o cambiando nuestra manera de entretenernos?
Las cifras apuntan a una transformación en la distribución de nuestro tiempo. Una película exige seguir una historia durante un periodo prolongado; las plataformas de videos cortos permiten cambiar de contenido en segundos.
La ciencia ya encuentra relaciones entre estos hábitos y determinadas funciones cognitivas, pero todavía no demuestra que estemos perdiendo la capacidad de disfrutar historias largas.
Quizás la pregunta no sea cuánto tiempo podemos permanecer frente a una pantalla, sino cuánto estamos dispuestos a dedicarle a una sola historia cuando tenemos miles de alternativas al alcance de un dedo.



