
Bill Gates cree que los próximos 20 años podrían ser tan difíciles por el avance de la inteligencia artificial que algunas personas terminarían rechazando una tecnología de la que otras dependerán para trabajar, estudiar y realizar sus actividades cotidianas. El cofundador de Microsoft advierte que esta división podría surgir mientras millones de trabajadores intentan adaptarse a una economía donde las máquinas asumirán cada vez más funciones humanas.
En una entrevista publicada este 22 de octubre por The Verge, Gates habló con el periodista Nilay Patel sobre una preocupación que considera insuficientemente atendida. Los sistemas de IA están adquiriendo nuevas capacidades a una velocidad que supera la respuesta de gobiernos, empresas e instituciones.
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Su advertencia no significa que haya perdido la confianza en la tecnología. De hecho, sigue convencido de que puede mejorar la medicina, la educación y la agricultura. Lo que cuestiona es la capacidad de la sociedad para administrar sus consecuencias.
Y hay una diferencia importante frente a otras revoluciones tecnológicas. Esta vez, las máquinas no necesitan limitarse a ejecutar instrucciones repetitivas. También pueden escribir programas, analizar información, resolver problemas y asumir tareas que requieren conocimientos especializados.
¿Qué pasará con las personas cuyos trabajos haga una máquina?
Una de las mayores preocupaciones de Gates es el empleo. En un ensayo publicado el 26 de agosto en su página Gates Notes, explicó que la automatización impulsada por IA podría afectar profesiones que durante décadas parecían protegidas por su componente intelectual.
Entre ellas mencionó el desarrollo de software, la atención al cliente, el derecho, la medicina y determinadas actividades industriales.
El problema, según su análisis, es que las anteriores transformaciones tecnológicas permitieron trasladar trabajadores hacia nuevas ocupaciones. Cuando la agricultura se mecanizó, por ejemplo, surgieron oportunidades en otros sectores que todavía necesitaban capacidades humanas.
Con la IA, esa transición podría ser diferente. Los sistemas también pueden sustituir parte del trabajo intelectual y las nuevas ocupaciones podrían exigir conocimientos que no se adquieren rápidamente.
Gates calcula que algunos de estos cambios podrían concentrarse en una década, en lugar de desarrollarse durante varias generaciones. Los trabajadores jóvenes y quienes ocupan cargos iniciales o intermedios estarían especialmente expuestos.
Para Colombia, esta discusión resulta pertinente en actividades como los centros de atención al cliente, los servicios empresariales y el desarrollo de software. No significa que esos sectores vayan a desaparecer, pero sí que tendrán que revisar qué tareas seguirán necesitando personas y cuáles podrán automatizarse.
La incertidumbre no está únicamente en cuántos empleos podrían perderse. También importa quién recibirá los beneficios económicos de una productividad cada vez mayor y cómo se sostendrán los ingresos de quienes deban cambiar de profesión.
El riesgo de una IA poderosa sin suficientes controles
Gates también considera que la inteligencia artificial ya alcanzó capacidades que pueden aprovechar los delincuentes.
Durante la conversación con The Verge, explicó que los modelos actuales pueden identificar vulnerabilidades informáticas y trabajar con información biológica compleja. Son herramientas útiles para investigadores y especialistas en seguridad, pero esas mismas capacidades pueden facilitar ataques cuando se utilizan con fines maliciosos.
Su preocupación inmediata está especialmente relacionada con los modelos que permiten retirar las restricciones diseñadas para impedir usos peligrosos.
Esto plantea una discusión difícil para la industria. Los modelos abiertos permiten desarrollar herramientas propias, investigar y reducir la dependencia de grandes compañías. Sin embargo, cuando sus mecanismos de protección pueden eliminarse, también resulta más complicado impedir determinados usos.
Gates propone que los sistemas más avanzados estén sujetos a evaluaciones obligatorias y que, cuando superen determinados niveles de capacidad, funcionen en plataformas capaces de mantener las medidas de seguridad.
No es una solución que ya esté disponible. Durante la entrevista reconoció que todavía falta desarrollar métodos técnicos confiables para controlar el comportamiento de sistemas cada vez más complejos.
También cuestionó que la responsabilidad recaiga exclusivamente sobre las empresas que compiten por desarrollar la IA más avanzada. Para él, los gobiernos deben intervenir, del mismo modo que establecen requisitos de seguridad para medicamentos, automóviles y aviones.
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La posibilidad de perder completamente el control sobre una inteligencia artificial más poderosa también apareció en la conversación, aunque Gates aclaró que no la considera el peligro más inmediato. Le preocupan primero los daños que ya pueden producir las herramientas existentes y su creciente influencia en las relaciones humanas y el mercado laboral.
Su visión del futuro tampoco es exclusivamente negativa. Considera posible que la inteligencia artificial y los robots reduzcan los costos de producción y permitan ofrecer mejores servicios a más personas.
Pero alcanzar esos beneficios no garantiza que se distribuyan de manera equitativa. En su ensayo de agosto advirtió que la IA podría convertirse tanto en una herramienta para reducir las desigualdades como en una fuente de injusticia.
Esa es, finalmente, la tensión que atraviesa sus declaraciones. Una sociedad podría producir más riqueza con menos trabajo humano, mientras una parte de sus habitantes pierde ingresos, oportunidades o confianza en las instituciones.
Los 20 años mencionados por Gates no constituyen un plazo científico ni una fecha para el fin de determinadas profesiones. Son su estimación de un periodo de adaptación que podría extenderse durante dos décadas. Y las decisiones sobre empleo, protección social y seguridad tecnológica tendrán que tomarse mucho antes de que termine.



