
El aumento de la desigualdad de ingresos no solo se refleja en cifras económicas o en la concentración de la riqueza. También está cambiando la forma en que las personas viven y trabajan. Una investigación internacional reciente muestra que, a medida que crece la brecha entre quienes más ganan y el resto de la población, las jornadas laborales tienden a alargarse. El fenómeno se repite a escala global, aunque con matices importantes según el país y el grupo social.
El estudio, liderado por Wenxuan Liu, Nicolás Sommet y Hongfei Du, analizó datos de casi 70 países entre 1960 y 2019, además de seguimientos de largo plazo en Estados Unidos y China. Su principal hallazgo es claro: cuando la desigualdad aumenta, medida a través del índice de Gini, las personas terminan trabajando más horas al año.
En promedio, un incremento de una décima en ese índice se asocia con unas 60 horas laborales adicionales por persona al año, es decir, más de una semana completa de trabajo extra.
¿Por qué ocurre esto? Los investigadores explican que vivir en sociedades más desiguales genera una mayor presión por competir. Cuando la distancia entre los ingresos altos y bajos se amplía, muchas personas sienten que deben esforzarse más para no quedarse atrás o para aspirar a una mejor posición económica.
Trabajar más horas aparece entonces como una estrategia directa para intentar cerrar esa brecha, incluso cuando el crecimiento económico general no cambia.
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El caso de Estados Unidos ilustra bien esta dinámica. A partir de datos que siguen a miles de familias desde finales de los años sesenta, el estudio encontró que el aumento de la desigualdad a nivel estatal se relaciona con jornadas laborales más largas a lo largo del tiempo.
Este efecto no es igual para todos: es más fuerte entre personas de bajos ingresos, mujeres y comunidades afroamericanas. En estos grupos, el aumento de la desigualdad parece traducirse en una mayor carga de trabajo, como respuesta a una sensación persistente de desventaja económica.
En China, el panorama es distinto, pero igual de revelador. Allí, más que la desigualdad “objetiva” medida por estadísticas oficiales, lo que impulsa las jornadas más largas es la percepción personal de que la desigualdad está creciendo. Cuando las personas sienten que la brecha económica se amplía, tienden a trabajar más, sin importar su nivel de ingresos.
Sin embargo, al analizar los datos por regiones, los investigadores encontraron que el aumento de la desigualdad provincial impacta sobre todo a quienes tienen registro urbano (hukou), un grupo que suele contar con más ventajas estructurales que la población rural. En este caso, el miedo a perder estatus o posición social parece ser un motor clave.
Más allá de Estados Unidos y China, los resultados ayudan a entender lo que ocurre en otras regiones del mundo. En América Latina, África o partes de Asia, donde la desigualdad ha sido históricamente alta o ha crecido en las últimas décadas, no es extraño observar extensas jornadas laborales, informalidad y dificultades para lograr un equilibrio entre trabajo y vida personal.
La investigación sugiere que no se trata solo de decisiones individuales, sino de un entorno económico que empuja a las personas a trabajar más para sobrevivir o competir.
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El impacto de esta tendencia va más allá del empleo. Jornadas más largas suelen estar asociadas con agotamiento, problemas de salud, menos tiempo para la familia y una menor calidad de vida. Los autores advierten que, si se quiere enfrentar seriamente el problema del exceso de trabajo, no basta con promover hábitos individuales o productividad: también es necesario abordar la desigualdad de ingresos como un factor central.
En última instancia, el estudio deja un mensaje clave: trabajar más horas no siempre es una elección libre. En muchos casos, es la respuesta humana a un sistema económico cada vez más desigual, que convierte el tiempo y el esfuerzo en la principal herramienta para intentar mantenerse a flote.
Foto: Daenin Arnee



