
Guillermo del Toro ha vuelto a recordarnos algo que la humanidad intenta olvidar: que lo verdaderamente monstruoso no está en las cicatrices del cuerpo, sino en las del alma. Su versión de Frankenstein no es solo una reinterpretación de la novela de Mary Shelley, sino una radiografía emocional del ser humano en un siglo que confunde tecnología con evolución.
El director confesó que esta película es el cierre de un ciclo vital, el resultado de décadas de búsqueda entre la figura del padre y la del hijo. Dijo: “Quería hacer una historia sobre un padre y un hijo… y entendí que en el curso de ser hijo, me convertí en padre”. Esa reflexión condensa la paradoja del ser humano actual: somos producto del dolor que heredamos y, al mismo tiempo, lo perpetuamos.
Del Toro ve en Frankenstein una metáfora urgente para nuestro tiempo. Lo expresó con crudeza: “¿Qué significa ser humano en una era de inhumanidad, de guerra y duda?”. La misma pregunta que Shelley se hizo hace dos siglos vuelve a tener sentido hoy, cuando la empatía parece un gesto antiguo y la emoción un signo de debilidad.
Leer más: Lo que no debes perderte de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad 2025
El elenco de la película comparte esa inquietud. Jacob Elordi, quien interpreta a la criatura, habló del proceso como un rito espiritual: “Guillermo me dijo que debía tomar el sacramento, hacerlo bíblico y desde el alma”. Para él, cada capa de maquillaje era una piel nueva que le permitía entender la fragilidad y la furia del personaje. Su criatura no nace malvada: se vuelve así cuando conoce la condición humana.
Del Toro lo explicó con una lucidez brutal: “Vivimos en un estado de inocencia hasta que mordemos la manzana. Cuando reconocemos nuestra condición, el mundo se vuelve a la vez horrible y hermoso”. Esa ambivalencia define la existencia moderna: buscamos sentido en medio del caos, pero tememos mirar de frente nuestras sombras.
Oscar Isaac, que interpreta a Víctor Frankenstein, profundizó en ese espejo roto de la paternidad. Habló del creador que proyecta sus miedos en su creación: “El hijo se convierte en una extensión del padre, en su triunfo o su fracaso”. En esa dinámica está el reflejo de una sociedad que fabrica ídolos y los destruye, que crea vida —biológica o digital— sin asumir la responsabilidad de sostenerla.
Para Del Toro, el arte sigue siendo el último refugio de lo humano. Rechaza la estética vacía del entretenimiento: “Yo no hago eye candy, hago eye protein”, dice. Su cine no busca adornar, sino alimentar. En una época saturada de estímulos y vacía de sentido, su Frankenstein es una súplica por recuperar la emoción. “Estamos tan separados entre nosotros que la emoción nos parece ridícula, pero es lo único que puede salvarnos”, advirtió.
Mia Goth, quien encarna a Elizabeth, confesó que filmar la cinta fue un proceso de vulnerabilidad. Dijo que se sintió “verde y aterrada”, pero que ese miedo terminó siendo parte del papel. Su testimonio resume lo que Del Toro siempre ha defendido: que el arte nace del miedo, no de la perfección.
En el fondo, Frankenstein es una pregunta sin respuesta: ¿hasta dónde podemos jugar a ser dioses sin perder la humanidad? Del Toro no ofrece moralejas, solo espejos. Su criatura —como todos nosotros— busca amor en un mundo que solo le devuelve rechazo.
Quizás por eso el director concluyó con cierta melancolía: “He pasado de preguntarme quién soy, a vivir en la década del arrepentimiento”. Una frase que suena a epitafio, pero también a llamado: todavía hay tiempo de reconciliarnos con nuestras propias creaciones, con los hijos, las ideas y los monstruos que hemos hecho a nuestra imagen.
En la mirada del Frankenstein de Del Toro hay dolor, ternura y una advertencia: el verdadero terror no está en el monstruo que creamos, sino en la humanidad que olvidamos ser.
La nueva obra de Guillermo del Toro, se estrenará globalmente en Netflix el 7 de noviembre de 2025



