
El proceso judicial que rodea a Zulma Guzmán Castro, señalada por las autoridades como la presunta responsable del envenenamiento con talio que causó la muerte de dos menores de edad en Bogotá, volvió a poner bajo la lupa una discusión que va más allá del caso penal: la circulación, control y seguimiento de sustancias químicas altamente tóxicas en el país.
El talio, un metal pesado cuyo uso fue prohibido hace años por su elevada toxicidad, reaparece como elemento central en un crimen que aún está bajo investigación. Su mención reabre preguntas incómodas sobre la responsabilidad de la industria química y farmacéutica, el alcance real de la regulación estatal y los límites del control cuando una sustancia sale del circuito formal.
Para entender el alcance del problema, Telepronter.co entrevistó al doctor José Julián López Gutiérrez, químico farmacéutico, doctor en ciencias farmacéuticas, profesor de la Universidad Nacional de Colombia e integrante de la Comisión Revisora de Medicamentos del INVIMA.
El talio y sus características toxicológicas
“El talio tiene tres características que lo hacen un veneno ideal”, explicó López Gutiérrez. “Es soluble en agua, no transmite sabor y tiene una toxicidad alta en cantidades muy pequeñas”.
Estas propiedades hacen que el talio pase desapercibido al ser ingerido. No altera el gusto ni el olor de bebidas o alimentos y puede mezclarse con facilidad. En términos clínicos, esto dificulta una detección temprana y retrasa la atención médica, un factor determinante cuando las víctimas son menores de edad.
El especialista recordó que el talio fue utilizado durante décadas como rodenticida. “Se utilizó para eliminar plagas como ratas y ratones”, señaló, hasta que su toxicidad llevó a su prohibición. Sin embargo, advirtió que la eliminación normativa no garantiza su desaparición total del mercado.
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“Fue prohibido, pero pueden quedar unidades o formas de acceso que no siempre son fáciles de rastrear”, afirmó.
En el caso que hoy investiga la justicia, las autoridades analizan posibles vínculos personales y empresariales alrededor de la principal sospechosa. Más allá de esos detalles, el uso de un veneno imperceptible vuelve a mostrar cómo la toxicología y el delito pueden cruzarse cuando los controles fallan.
La industria farmacéutica y el límite de su responsabilidad
Uno de los puntos centrales abordados en la entrevista fue el papel de la industria química y farmacéutica frente al uso indebido de sus productos. López Gutiérrez fue enfático en señalar que, en términos generales, la industria formal cumple con la normatividad vigente.
“Cuando uno va a comprar un producto químico, generalmente en la etiqueta está identificado el tipo de daño que puede producir”, explicó. “Aparece si causa quemaduras, daño químico o riesgo de muerte, incluso con símbolos como la calavera”.
Según el experto, las empresas que operan dentro del marco legal cumplen con requisitos de identificación, rotulado y advertencia. Además, existen planes de gestión de riesgo y centros de información toxicológica que orientan sobre qué hacer ante una intoxicación.
“El mensaje para la industria es hacer seguimiento, lo que nosotros llamamos un plan de gestión de riesgo: cómo se está utilizando el producto y si hay reportes de daño o muerte asociados a él”, señaló.
El problema surge cuando la sustancia sale del circuito controlado. “Hasta cierto punto llega la responsabilidad del fabricante”, explicó. “El productor sabe cuánto vendió y a quién se lo vendió, pero de ahí para adelante se pierde la trazabilidad”.
Esto ocurre, según indicó, tanto en productos industriales como en algunos de uso veterinario o cosmético, donde los controles son menos estrictos que en los medicamentos de uso humano.
Regulación, trazabilidad y puntos ciegos del control
Desde el punto de vista legal, Colombia cuenta con normas amplias para regular sustancias peligrosas. Sin embargo, López Gutiérrez advirtió que el principal problema no es la falta de leyes, sino el seguimiento posterior.
“Estamos muy bien en la parte legal y de legislación”, afirmó. “Lo complicado es hacer la trazabilidad”.
El especialista explicó que las autoridades sanitarias concentran su vigilancia en droguerías y establecimientos farmacéuticos, pero no siempre alcanzan otros puntos de venta donde se comercializan sustancias químicas para usos industriales o domésticos.
“El Ministerio de Salud hace lo que su función le permite”, señaló. “Pero en ferreterías o centros químicos no siempre hay ese control”.
A esto se suma la falta de personal y recursos para inspecciones constantes. “Se puede cerrar un establecimiento y al otro día aparece en otro lugar con otro nombre”, indicó.
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El experto también destacó la importancia de la información pública. Existen centros de información toxicológica que operan de forma permanente, pero son poco conocidos. “Muchas personas no saben que esos centros existen”, dijo, pese a que una orientación temprana puede marcar la diferencia.
Al final de la entrevista, López Gutiérrez insistió en no convertir estos casos en una condena a la química como disciplina. “La química ha permitido salvar vidas y generar desarrollo”, afirmó. “El problema es cuando se usa de manera intencional para causar daño”.
El caso del talio deja al descubierto un dilema complejo: una industria regulada, un Estado con normas, pero vacíos persistentes en el seguimiento real de sustancias que, en manos equivocadas, pueden convertirse en armas silenciosas.



