Cortesía El País
El reconocido biólogo marino Mauricio Hoyos Padilla, uno de los mayores expertos en tiburones del continente, sobrevivió a una mordida en cráneo y rostro mientras realizaba una misión científica en las islas del Coco, como parte de la Coalición One Ocean Worldwide, dedicada a la conservación de los océanos y su biodiversidad.
La expedición tenía un propósito claro: implantar marcadores a tiburones martillo para estudiar sus movimientos migratorios, mapear sus hábitats y contribuir a la protección internacional de una especie en peligro. Hoyos, con más de 2.000 marcajes realizados en tres décadas de trabajo, conoce mejor que nadie los protocolos de este tipo de operaciones. Pero incluso los más experimentados pueden enfrentarse a lo inesperado.
El objetivo científico y la rutina bajo el agua
El trabajo de Hoyos seguía un protocolo estándar: acercarse al tiburón por detrás y disparar una marca en la base de la aleta dorsal, donde la piel es más gruesa y el riesgo de daño a órganos vitales es mínimo. Estas marcas generan pulsos electrónicos que permiten rastrear los movimientos de los animales y trazar corredores submarinos entre países como México, Francia y Ecuador.
“Este trabajo nos ha permitido demostrar la conectividad entre ecosistemas protegidos y promover la creación de áreas marinas internacionales”, explicó Hoyos.
Sin embargo, aquella mañana en el Pacífico, algo salió diferente.
El momento de la posible distracciónSegún su propio testimonio, el incidente ocurrió durante un buceo a 40 metros de profundidad, a una hora inusual —las seis de la mañana—, cuando los tiburones “todavía no estaban muy despiertos”. Normalmente, los buceos científicos se realizan más tarde, junto con los llamados “buceos de ciencia ciudadana”, en los que turistas acompañan a los investigadores y observan las tareas de marcaje.
“Ese día me dijeron que no podía bucear con turistas, así que fuimos solos con el capitán. Me fui al punto profundo y vi una hembra martillo. Le coloqué la marca, ella giró, me vio y cuando escribía en la tableta, solo vi la boca frente a mí”, relató Hoyos a El País.
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“Sentí el crujido del cráneo
El relato de Hoyos es tan crudo como científico. “Cuando ella me muerde, sentí que crujía mi cráneo. Me quedé dentro de su boca y pensé: ‘Wow, qué increíble que estoy sintiendo la presión de una mordida’. Los científicos nunca dejamos de observar.”
El tiburón, sin embargo, no lo destrozó. “Si hubiera sido un ataque, yo no estaría aquí. Simplemente se defendió”, dijo. Pese a la gravedad del incidente —que le despegó parcialmente una oreja y le causó heridas profundas en el rostro—, Hoyos fue rescatado rápidamente por el capitán y atendido por paramédicos en la isla.
Más allá del accidente: una reflexión sobre el papel del ser humano
El biólogo, egresado de la UNAM y con una maestría en biología marina, insistió en que el verdadero mensaje del accidente no es el miedo, sino el respeto.
“Los tiburones llevan 450 millones de años en el planeta. Nosotros somos los invasores. Cuando entras al mar, formas parte del ecosistema y de la cadena alimenticia.”
Hoyos también recordó que, por cada ser humano que muere en un incidente con tiburones, miles de tiburones son asesinados por pesca comercial y aletas. “Si hubiera un juez en la naturaleza, los malos seríamos nosotros”, reflexionó.
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Ciencia, riesgo y conservación
El caso de Mauricio Hoyos reabre el debate sobre la seguridad en los protocolos de marcaje científico, una práctica esencial para la biología marina pero que requiere precisión quirúrgica, equipos especializados y condiciones controladas.
Los manuales internacionales, como los de la NOAA Fisheries y el ICCAT, recomiendan evitar buceos solitarios, respetar horarios de máxima actividad animal y mantener una distancia prudente tras cada marcaje.
Pese a todo, el científico no detendrá su labor:
“Me salvó el mismo tiburón que muchos temen. Eso me reafirma que hay que seguir luchando por ellos.”



