
Durante más de una década, Alejandra Borrero ha convertido el teatro en una plataforma de resistencia cultural contra la violencia de género. Su festival Ni con el pétalo de una rosa, que cumple 10 años, ha logrado articular artes escénicas, música, performance, artes visuales y pedagogía para hablar de uno de los problemas más graves y persistentes del país. En medio de esa labor, y mientras continúa promoviendo nuevos lenguajes artísticos y espacios de reflexión, la reconocida actriz vivió recientemente un episodio que puso a prueba, una vez más, su compromiso con la defensa de las mujeres. Pero lo ocurrido no quedó allí.
El festival nació después de una campaña que comenzó hace 17 años, cuando las cifras de feminicidios mostraban que cada tres días una mujer era asesinada por su pareja. Hoy, el panorama es aún más crítico: más de tres mujeres son asesinadas cada día. A pesar de esto, Borrero destaca transformaciones valiosas, como el aumento de mujeres dirigiendo y escribiendo teatro, y una mayor disposición a denunciar. Su propuesta artística, afirma, busca romper silencios y generar responsabilidad colectiva.
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Fue precisamente esa convicción la que la llevó a intervenir en un vuelo reciente. Borrero relató que, al interior del avión, un hombre se acercó a una mujer y comenzó a hostigarla: le hablaba al oído, la señalaba con el dedo, le tocaba el pecho y le tomaba la cumbamba para obligarla a mirarlo.
Todo sucedía frente a decenas de pasajeros que observaban sin intervenir. Al ver que la mujer estaba paralizada, al borde del llanto y sin poder reaccionar, la actriz se levantó, enfrentó al agresor y le dijo con firmeza: “No más”. Luego alertó a la tripulación y pidió a seguridad que acompañara la situación. Para ella, lo más inquietante fue que el hombre aseguraba que no estaba siendo violento, una muestra, dijo, de cómo la intimidación y el control psicológico siguen normalizándose.
Borrero insistió en que este tipo de episodios son exactamente lo que su festival intenta visibilizar: violencias cotidianas que muchos consideran “normales”, pero que destruyen la autonomía de miles de mujeres. Recordó que la ley es clara en que quien observa una agresión y no actúa se convierte en cómplice, pero subrayó que más allá de la norma, el cambio debe ser cultural. “Las mujeres han avanzado, se han empoderado, saben identificar las banderas rojas. Pero los hombres se han quedado atrás en esta conversación”, afirmó.
En Ni con el pétalo de una rosa se integran espacios que buscan precisamente esa reflexión. Uno de los componentes más simbólicos son las muñecas de 45 cm, intervenidas por artistas e influencers para representar historias de resistencia y dolor. Este año regresan con más de 100 piezas nuevas, acompañadas de flashmobs, performances, exposiciones y una amplia agenda teatral que incluye clásicos, propuestas contemporáneas y obras sobre nuevas masculinidades y memoria.
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La programación también contempla una ciclovía especial el 30 de noviembre, con la que se busca crear una “mancha roja” simbólica contra la violencia. La idea es reclamar el derecho de las mujeres a caminar la ciudad sin miedo. Además, habrá 17 funciones a lo largo de una semana, con montajes como Las menopáusicas, el romancero postfeminista de María Ángela Urbina y Una mujer X, una obra irreverente que explora el cuerpo y la identidad desde una perspectiva íntima y transgresora.
Para Borrero, cada obra y cada acción del festival tienen sentido por momentos como el vivido en ese avión. “No puedo permitirme ver una situación así y no hacer nada”, dijo. Desde el escenario o desde su vida diaria, el mensaje es el mismo: intervenir, acompañar y transformar la cultura para que todas las mujeres puedan ser, vivir y existir sin miedo.



