
Una comediante estadounidense ya tiene una réplica robótica de sí misma. La imagen de una actriz fallecida fue recreada para conversar con su esposo y ahora Elizabeth Loaiza quiere comercializar una muñeca que tenga su rostro, su cuerpo y su voz. Detrás de estos proyectos hay una industria que combina escultura hiperrealista, robótica e inteligencia artificial.
Lo que hace algunos años parecía reservado para las películas de ciencia ficción ya tiene fabricantes, catálogos y precios que pueden superar los 100.000 dólares. Sin embargo, estos llamados clones no son copias biológicas de una persona. Son dispositivos construidos para reproducir su apariencia y simular una conversación.
Uno de los antecedentes más conocidos es el de Whitney Cummings. En 2019, la comediante presentó en su especial de Netflix Can I Touch It? una versión robótica de sí misma, bautizada como Bearclaw. La figura fue desarrollada con tecnología de Realbotix y reproducía algunos de sus rasgos físicos y expresiones.
Cummings convirtió su doble en parte de un espectáculo de comedia, pero también mostró que la imagen de una celebridad podía trasladarse a un cuerpo artificial.
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Años después apareció otro caso, esta vez con una historia muy distinta. Alan Hamel, esposo de la actriz Suzanne Somers, fallecida en 2023, participó en un proyecto que utilizó inteligencia artificial para recrear su voz y su forma de hablar.
La iniciativa, vinculada a Realbotix y Hollo.AI, se alimentó de información biográfica y grabaciones para generar respuestas similares a las que podría haber dado la actriz. No recuperó su conciencia ni sus recuerdos, pero permitió simular una conversación con ella.
Las empresas que fabrican rostros y cuerpos humanos
Una de las compañías que trabaja en este mercado es RealDoll, fundada en 1996 y conocida por sus figuras hiperrealistas de silicona. Su fabricación combina técnicas de escultura, moldes y acabados que buscan reproducir detalles de la piel, el cabello y las facciones humanas.
Realbotix, por su parte, desarrolla robots humanoides con inteligencia artificial. La compañía ha presentado modelos capaces de mover los ojos, la boca y la cabeza, reconocer a sus interlocutores y responder preguntas mediante sistemas conversacionales.
Entre sus desarrollos está Aria, un robot presentado en el CES 2025 que mostró cómo pueden integrarse un rostro de apariencia humana y herramientas de conversación automatizada.
Los precios reflejan la complejidad de estos productos. Realbotix ha anunciado bustos robóticos desde aproximadamente 20.000 dólares, mientras que sus robots de mayor tamaño pueden superar los 95.000 dólares. Personalizar un rostro puede representar un costo adicional considerable.
La fabricación comienza con la captura de las características físicas de una persona. Fotografías, medidas y modelos tridimensionales sirven de referencia para crear moldes y reproducir su apariencia en materiales como la silicona.
Después pueden incorporarse motores para generar movimientos faciales, micrófonos, cámaras y altavoces. La inteligencia artificial se encarga de procesar lo que dice el usuario y producir una respuesta.
Si se utilizan grabaciones de voz autorizadas, también es posible generar una versión sintética que imite la manera de hablar de la persona original.
El resultado puede parecer sorprendentemente humano, aunque sigue siendo una máquina. No tiene conciencia propia ni reproduce necesariamente los pensamientos o las emociones de quien sirvió como modelo.
¿Qué tiene que ver Elizabeth Loaiza con esta industria?
La modelo colombiana anunció durante una entrevista con Impresentables, de LOS40 Colombia, que trabaja en una réplica de sí misma que podría conversar en español e inglés.
Según explicó, la figura se fabricaría en Las Vegas, Estados Unidos, tendría movimientos en los ojos y la boca y costaría aproximadamente 25.000 dólares.
Loaiza también ha hablado de comercializar las unidades por internet e incluso de subastar la primera. Su intención es ofrecer un producto que pueda acompañar a las personas mediante conversaciones con inteligencia artificial.
La coincidencia geográfica con empresas que operan en Las Vegas resulta interesante, pero hasta ahora no se ha confirmado públicamente cuál es el fabricante contratado por la colombiana.
Tampoco se conoce el modelo de inteligencia artificial que utilizará, cómo se procesarán las conversaciones ni cuándo estará disponible una versión terminada.
¿Quién es dueño de una identidad convertida en robot?
Más allá de la fabricación, esta tecnología plantea preguntas sobre los derechos de imagen y voz. Una réplica podría utilizar la apariencia de una persona para pronunciar frases que nunca dijo o mantener conversaciones que ella desconoce.
También existe el problema de la privacidad. Si un robot escucha, responde y recuerda información de sus propietarios, es necesario establecer quién administra esos datos y durante cuánto tiempo se conservan.
En los casos de celebridades fallecidas, las preguntas se extienden al consentimiento y al uso comercial de su identidad después de la muerte.
La tecnología ya permite construir figuras capaces de imitar algunos rasgos de una persona. Lo que todavía está en discusión es hasta dónde debería llegar esa reproducción y qué controles deben existir cuando una identidad humana se convierte en un producto comercial.



